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México DF, Antarctica
escribana que estudió periodismo, ama el rock y sus músicas aledañas, así como la poesía y las relaciones tormentosas

octubre 24, 2013

porque el espacio en el papel nunca es suficiente...

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CRÓNICA post CORONA CAPITAL 2013


Jónsi Birgisson al frente de Sigur Rós, uno de los actos más bellos del CC13 // foto: Claudia Ochoa-MHR.

70 mil personas el sábado 12 y casi cien mil el domingo 13, fue la asistencia al festival internacional de rock y electrónica más ambicioso de México, el Corona Capital 2013 en cuarta edición: casi el doble del año pasado (50 mil por día), aunque casi la misma cantidad de cuando estuvieron Portishead y The Strokes (2011). Ahora, irónicamente con bandas de menor calibre, en ese espacio arbolado conocido como la Curva 4 del Autódromo Hermanos Rodríguez, lo que dominó fue el espíritu juvenil alegre, colorido, lleno de vida, optimista, que se monta en este gran pretexto para convivir a lo grande, ser creativo en la forma de relacionarse con otros, probar a los amigos, carcajearse todo el día, sumar experiencias; intercambiar besos, fajes, canciones memorables, bailes sin fin, miradas que aún se asombran, pieles humedecidas, hermandad generacional. Chamaquiza que sube a la rueda de la fortuna, nada en la alberca de pelotas; que hace competencias de maromas sobre el pasto, que come paletas heladas pero también mezcal de carrito.

Por ello, quienes denuestan a este festival acusándolo de artificial, “embotellado” o “hipster”, están despreciando a esos jóvenes cuya vida y emociones son reales, valiosas; privilegiados al gozar libremente de una experiencia que hace 15 años era aquí impensable. La Internet está enraizada en su acceso a la música y el mundo, y eso los marca sobremanera. Y a pesar de que el sábado, debido a un cartel muy pop, la convocatoria atrajo a jóvenes de altos recursos (desafortunadamente, muchos cumplieron con el cliché de ser prepotentes, sucios e impertinentes), fue un festival de asistencia plural, sobre todo el domingo, más roquero: gente que hizo el esfuerzo por comprar un boleto de 600 pesos por ver cada día a decenas de bandas cuyas entradas costarían eso, cada una.

Se reconoce que la organización, la limpieza, así como la disposición de rutas peatonales e incluso la cantidad de baños, mejoraron. El público hace tiempo sabe comportarse y no hace destrozos. Muy valioso fue el servicio de camiones RTP a once puntos de la ciudad, para que la salida dejara de ser una pesadilla. Pero sigue siendo un abuso el precio de alimentos (lo más barato, unos Doritos: 40 pesos) y bebidas (botes pequeños de agua a 30, mientras un… ¡pulque! a 25). También hicieron falta más zonas de sombra, sobre todo el domingo, en que el sol fue inclemente.


Las coronas del festival

La crema de este festival de cuatro escenarios, estuvo en las propuestas que rebasan la autocomplacencia; que con sus técnicas, notas y actitudes representan a su entorno, y que amparados por herramientas digitales y análogas, suman géneros pasados como referentes, para darles la vuelta con sentires actuales.

Maestría y calidez a lo grande con: Sigur Rós y su bello despliegue de luces, campanas y melodías de ensueño; The XX, elegantes, melancólicos, dando peso a los silencios; el entrañable y joven Jake Bugg con su herencia folk y gran habilidad para las melodías y los requintos.

La potencia escénica se dio con el cuarteto femenino Savages: atmósferas oscuras, hipnóticas, con ascendencia Bauhaus-Joy Division-Siouxsie; cercanos a dicho sonido, con presteza instrumental, los de Toy rezumaron calidad y asombro; similar, pero unas rayitas más abajo, Peace se sumó a esta avanzada. La nostalgia brilló con el pre-grunge de Dinasour Jr y The Breeders: las hermanas Deal tocaron el Last Splash (1992) completo, sencillas pero aguerridas. La psicodelia-garage de tiniebla rugió con The Black Angels y el blues-rock clásico poseyó al ahijado de Eric Clapton: el virtuoso de la guitarra, Gary Clark Jr.

El electrobaile fiestero tuvo climax emotivo con el productor italiano Giorgio Moroder, padre de la música disco, de 73 años, que en DJ set no sabía pinchar bien, pero seleccionó temas que desbarataron a un público que le reverenció y perdonó cualquier falla. Blondie estuvo en la misma lista de actos no tan precisos, pero sí sensibles y alebrestados, con una Debbie Harrie (68 años) aún sexy, de voz aún prístina, pero ya algo frita; la salvación fue el destacado baterista original Clem Burke, sosteniendo el groove. Alucinante, la electrónica rasposa de Fuck Buttons y el house maestro de Jacques Lu Cont.


Los de gran reflector como Arctic Monkeys y su potencia probada, Vampire Weekend y su alegría deliciosa, así como Queens of the Stone Age con su hard-rock-pop noventero, fueron gozosos y masivos en extremo, pero sin la sorpresa y frescura de lo antes citado. No tan buenos como se esperaba: el electro-rave de M.I.A. y Grimes y mucho menos Deadmau5. The Crystal Method estuvo mejor de lo vaticinado. Matías Aguayo y su electro-sucutú puso de buenas a la carpa Bizco Club, siempre de buen ambiente. En cacerola aparte se coció el pop de Travis y Phoenix, ya muy vistos en esta ciudad, plenos de un conformismo sonoro que provoca grima y sobre los que es mejor no abundar.